Inicio

El cerro del Judío

El hombre normalmente vestía de negro: jubón, calzas y medias. Cuando arreciaba el frío, un capote ferreruelo; no más, pues aun el calzado de cuero no tenía hebillas. Y si llovía, protegíase con un manteo cada vez más viejo. La cabeza cubierta con un gorro de piel y acaso, lo blanco de mínima golilla alrededor del cuello, era la nota clara del atuendo. Alto, largo muy largo de tan flaco; amarillento de tez y de grandes ojos luminosos y oscuros, la barba cana como las espesas cejas y el bigote. Tal era aquel don Rodrigo de Lucena o de Lucerna, el caballero que trabajaba sin descanso en los libros de cuentas de la encomienda de minas en la casa de la Maestranza. Cuidadosísimo, jamás tuvo equívocos; y en aquel pueblecito real, que llaman Del Monte -real por serlo de minas de oro y plata, y del monte por estar entre verdes montañas- don Rodrigo tenía buena fama, porque era bueno, si bien de poquísimas palabras.

Vivía en lo más elevado de la cima más elevada del Real: solo; y nadie sabía cómo. Cuando administradores y gambusinos almorzaban, él lo hacía también, pero sacaba de su alforja alimentos que no convidaba, ni aceptaba nada tampoco. ¿Quién le lavaba, le condimentaba su comida, lo asistía? ¡Pero si parecía no enfermarse ni de calentura siquiera!

Los viernes se desaparecía y andaba rumbo a Pachuca, el Real mayor, porque según se creía ahí vivían su mujer e hijos. El domingo ya estaba de regreso. Se le veía con un misal, porque daba pintas de devoto: quizá de Nuestro Padre Jesús.

Un día hubo escándalo en Real del Monte. Don Rodrigo fue preso por el Santo Oficio, ¡por judío converso, pero practicante de la ley de Moisés! Y aquel cerro en donde vivía aún lo recuerda porque ahí estuvo su casa, después confiscada y todos lo llaman: el Cerro del Judío.

Luis Rublúo

Real del Monte - El Esplendor de ayer para siempre.


¿DESEAS ANUNCIARTE AQUÍ?

Más información