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Un navío para el rey

Nadie recibió tanto de Real del Monte como Pedro Romero de Terreros. Nadie como ese vasallo, presuntamente el más rico de la corona española en esos tiempos, dejó tan poco a Real del Monte. Sólo tenía 20 años en 1730 cuando su tío Juan Vázquez de Terreros, uno de los hombres más acaudalados de Querétaro, lo manda llamar de la villa de Cortegana en España, su lugar natal, para encargarle la administración de sus bienes. Ése sería el inicio de su carrera como acumulador de riquezas y cargos públicos.

Su visión como inversionista se funde con la del minero Alejandro Bustamante y Bustillo en 1743 para rehabilitar las minas de la veta Vizcaína. Aseguró con su socio, de más edad, su apuesta en el contrato: estipuló que a la muerte de cualquiera de los dos el sobreviviente heredaría todo, lo que cobró siete años más tarde.

El tercer intento para desaguar la Vizcaína en 1749 perforó la veta de La Rica: los tenateros entonces ya no sacaban a cuestas cascajo de roca, sino mineral de plata de muy buena ley. Empezó la bonanza y Bustamante murió al año siguiente...

En 1756, Pedro contrajo matrimonio con María Antonia Trebuesto y Dávalos -hija de la marquesa de Miravalle- y en vez de las trece arras, le regaló 50 mil pesos de plata, amén de las más ostentosas joyas. seis años más tarde perforó la mítica veta Vizcaína.

Su ingenio para incrementar las utilidades de sus negocios provocó que los jueces oficiales del tesoro real examinaran sus libros de contabilidad y sus nóminas, para comprender la magnitud de sus inversiones multimillonarias no comunes en la Nueva España. Las utilidades que únicamente las minas de Real del Monte le dejaron antes de alcanzar la Vizcaína, fueron de un millón 461 mil 832 pesos de plata. Pedro vestía sencillamente, era un hombre devoto con fama de bondadoso y modesto, acostumbraba decir que Dios le había dado las riquezas de la tierra en custodia, para ser usadas en beneficio de la humanidad. A España llegaba información de la generosidad y descomunal cuantía de sus obras de caridad.

El culto a la religión inculcado desde su infancia lo motivó a proveer, entre otros, al convento de San Francisco, en Pachuca, con 800 mil pesos; los franciscanos de Querétaro notificaron la donación de 90 mil 283 pesos y los de San Fernando, en la capital, le agradecieron los 41 mil 943 pesos. Alentado por su esposa, sufragó todos los gastos para el establecimiento de una misión franciscana a la orilla del río San Sabás, en Texas. La corona siempre estuvo en deuda con él, pues los funcionarios del Tesoro le solicitaban préstamos cada vez que se retrasaba el cobro de los impuestos reales. El virrey Carlos Francisco de Croix solicitó por dos ocasiones 400 mil pesos para sufragar las necesidades inmediatas de Hacienda; posteriormente, al virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa prestó 800 mil; a la Renta del Tabaco en México, 150 mil y cuantiosas cantidades a la Casa de Moneda.

Por conducto de Bucareli, el Rey Carlos III lo compromete en la construcción de un navío de 112 cañones para reforzar la Marina Real en sus conflictos con Inglaterra. A los cuatro días depositó 200 mil pesos en efectivo, con la única condición de que llevara el nombre de Nuestra Señora de Regla, aunque finalmente fue bautizado como Conde de Regla. Pedro Romero de Terreros fue también un hombre muy duro cuando trataban de afectar sus fuentes de riqueza: dejó a la familia de Bustamante en la miseria; peleó con entereza la rica mina de San Vicente que Bustamante había cedido al Marqués de Valleameno. En Real del Monte prefirió dejar sus minas anegadas otra vez, que ceder en el conflicto laboral que tuvo durante siete años con sus trabajadores.

Después de aplastar la huelga con el apoyo de las autoridades virreinales, por segunda vez rehabilitó las minas. Al reanudarse el flujo de sus riquezas, ofreció 300 mil pesos en efectivo a la Corona Española para fundar el Sacro y Real Monte de Piedad, en ayuda a los menesterosos de la Ciudad de México.

Romero de Terreros no sólo tenía el deseo de incrementar su opulencia, también codiciaba que su apellido se codeara con la nobleza española. Ya en 1755 había sugerido al arzobispo de la Ciudad de México que presentara las buenas obras de su súbdito ante el rey con la esperanza de que el monarca reconociera sus méritos.

Las bondades de las entrañas de Real del Monte le permitieron que Carlos III lo considerara un súbdito leal y digno de recibir los favores reales, le otorgó el título de Conde de Santa María de Regla y para sus segundo y tercer hijos, los de Marqués de San Francisco y de San Cristóbal.

Dieciséis años después de su muerte, el navío Conde de Regla participó en la batalla del Cabo de San Vicente contra los ingleses. Fue a bordo que el jefe de la escuadra, el general José de Córdoba, redactó para el Rey Carlos IV el parte del desastre. Años más tarde, Pedro Romero de Terreros y Rodríguez de Pedroso, tercer Conde de Regla, vendía a los ingleses sus minas de Real del Monte por ser de pocas utilidades para él. Dejó un pueblo en ruinas, tal como lo había encontrado su abuelo.

Aracely Juárez

Real del Monte - El Esplendor del ayer para siempre.


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