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1766 - Un movimiento social del siglo XVIII

El jueves 14 de agosto de 1766, todo el Real del Monte festejó.

-¡Viva, viva! El señor nos ha dado el partido - decían los barreteros.

El partido era una forma de pago que consistía en dividir a partes iguales, entre el dueño de la mina y los operarios, todo el metal que éstos extrajeran después de la cuota obligatoria.

-¡Don Pedro Romero de Terreros aceptó volver a darnos el partido! -decían a coro.

Sin embargo, al día siguiente, a las ocho de la mañana, las cosas comenzaron a descomponerse.

Acababa el turno de la noche y comenzaba el pago en la mina Santa Teresa. Afuera de la galera esperaban los barreteros del siguiente turno. Adentro, cuando el capataz revolvió los sacos de la cuenta obligatoria y del partido en un solo montón, uno de los barreteros salió al umbral de la galera y denunció lo que ocurría:

-Nos están revolviendo, compañeros. Todos los que aguardaban el segundo turno, se negaron a trabajar y marcharon por las calles. Los que salían de otros tiros y los que al oír el alboroto se animaron a salir al frío y a la llovizna, se unieron para protestar ante el dueño de las minas.

-Señor don Pedro, nos han revuelto y ése no era el trato. Además, sus recogedores nos quieren forzar.

Los recogedores eran empleados cuya labor consistía en proteger al patrón y reclutar por la fuerza a los barreteros. Uno de esos recogedores le dio de culatazos al más alebrestado de los quejosos. Los barreteros, en lugar de defender a su compañero lo levantaron y se dirigieron a la parroquia.

-Vea, padre -le dijeron al cura-. Queríamos trabajar, pero ahora nos están revolviendo. Y a éste, nomás porque se quejó, le dieron de palos.

-Pero, hijos, ¿cómo no quieren que les revuelvan si apartan lo mejor para ustedes y dejan lo peor para la cuenta obligatoria?

-No queremos revoltura. Lo que queremos es que suelten a nuestros representantes. Y si usted apoya al amo, mejor vaya comulgando porque hoy arrasaremos el Real.

-Vengan a verme a las tres de la tarde. Ya verán cómo todo va a componerse -les dijo el cura.

Refunfuñando, sin tomar una decisión clara, pero en su mayoría resueltos a no trabajar mientras hubiera revoltura y mientras sus compañeros representantes siguieran presos, los barreteros comenzaban a diseminarse por las calles del centro. Pasaban de la una y media. Unas débiles pinceladas de sol daban al día un tono amoratado de filos amarillos. Ya no llovía pero quedaba el aroma de tierra húmeda y soplaba ventarrón. Calaba el bochorno a pesar del frío; bajo la ropa, un sudor pegajoso de confundía con la brizna de aguanieve que empezaba a transformarse otra vez en aguacero.

Al poco rato, dos recogedores andaban capturando vagos y desprevenidos, los conducían al tiro de La Joya y los dejaban encerrados para el turno de la noche. Mas como a esa hora no habían atrapado a nadie, agarraron a los primeros dos que se cruzaron en su camino. Los golpearon con sus cuartas y los sujetaron con los aciales que sirven para arrastrar a las reses de los belfos o de las narices. Al pasar por una pulquería, otros barreteros vieron lo que ocurría y acudieron al rescate de los reos.

Al ver cuántos se les venían encima con piedras y cuchillos, los recogedores picaron espuelas. La multitud, al seguirlos, se fue congregando en la misma dirección. El grueso de la turba llegó al sitio donde convergen las minas de La Joya, San Cayetano y Dolores. Y así, de pronto, ya estuvo reunido y sublevado todo el Real.

Una de las primeras minas en sufrir el asalto fue La Joya, porque los barreteros pensaban que ahí estaban presos algunos de sus compañeros. Ahí, el capataz quiso repeler a los sublevados con su carabina pero, antes de que alcanzara a apuntar, lo mató un baño de piedras. Y mientras unos barreteros se reunían en el asedio al tiro de San Cayetano, otros iban a Pachuca, un tanto con intención de matar a los recogedores, otro tanto por liberar a cuatro representantes suyos.

En la mina de San Cayetano estaban escondidos el dueño de las minas, los principales administradores y el alcalde mayor.

Este último salió a contener a los amotinados. Pero apenas llegó al umbral, observó que eran demasiados e intentó retroceder. Un barretero, entonces, lo pescó del saco y le hundió su cuchillo en la nuca. Otro le deshizo la nariz y le alcanzó a partir el entrecejo y la mitad de la frente con una piedra. Luego los asesinos entraron en la galera en busca de Romero de Terreros.

Hagamos aquí un paréntesis para asentar que, más que por este episodio, en el que ya perdieron la vida tanto un capataz como el alcalde mayor de Pachuca y en donde también está a punto de perderla el dueño de las minas, los sucesos narrados forman parte de un movimiento de más de siete años, cuyo lapso de mayor combatividad y organización transcurrió entre julio y diciembre de 1766; y más que un tumulto o un simple conflicto laboral, constituyó, si, un movimiento social con recursos de fuerza como el paro de labores, pero también con demostraciones de capacidad teórica y autogestiva que confirió representatividad legal a los barreteros ante patronos y autoridades y cristalizó en reformas a las leyes mineras promulgadas en 1783. Ahora sí, volvamos a la tarde del 15 de agosto.

El cura, en cuanto oyó alboroto, supo de lo que se trataba y llegó a San Cayetano justo en el momento en que los amotinados iban a matar a Romero de Terreros.

En la mina Santa Teresa, el rayador brincó por los muladares después de atrancar la puerta. Quienes lo buscaban tuvieron que improvisar un ariete con el tronco de un encino. Un hombre intentó arrojar un mazo de velas sobre el pajar, pero la mayoría se opuso.

Ya muerto el capataz de La Joya, los asaltantes liberaron a quienes ahí estaban forzados a trabajar y acudieron a rescatar a sus cuatro representantes. Pero como no sabían en qué cárcel estaban, unos enfilaron a la de Real del Monte y otros a la de Pachuca.

Los representantes se hallaban en este último lugar. Sus liberadores les rompieron los grilletes con picos y piedras. Algunos más, no se conformaron con eso. Entraron en la plaza mayor de Pachuca y apedrearon las casas de Romero de Terreros y de sus administradores hasta que los religiosos salieron a las calles para calmar los ánimos. Para entonces, en el Real ya estaba formada la procesión. Don Pedro y su gente recibió sus cirios de manos del cura y salió de San Cayetano bajo del Palio. En las calles había jirones de niebla y visillos abiertos.

Una vez en la sacristía, el cura los acomodó como pudo. A unos en sillas, a otros en bancas y los más de pie, pegados a los armarios o trepados en los bargueños.

Los que habían ido a Pachuca regresaron felices de haber podido rescatar a sus representantes y de haber dejado cacarizas de piedras las moradas de sus enemigos. El cura salió de la sacristía a recibirlos y les explicó a los representantes que nadie podría impedir el respeto al partido, pues ya la gente del Real había demostrado de lo que era capaz si la toreaban.


Agustín Ramos