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Crónica del transporte de la maquinaria de Mocambo a Real del Monte

Los primeros peritos, bajo el mando del director, James Vetch, ya se encontraban en Real del Monte. De acuerdo con el criterio de John Rule, administrador de minas, y de otros, el consejo de directores quedó convencido de que solo con las grandes bombas de vapor tipo cornish podían llevar a cabo el desagüe de los laboríos anegados de las minas de plata de la veta Vizcaína.

Le ofrecieron a James Nisbet Colquhoun, un teniente de la Artillería Real, el mando de un cuerpo de transporte que él organizaría especialmente para acarrear la maquinaria, el equipo y los abastos de minería desde Cornwall hasta Real del Monte. Había 1500 toneladas de todo esto; las piezas más grandes fueron construidas en las fundiciones de Cornwall, propiedad de Perran y de Hayle, las más conocidas por la macicez de sus productos.

Buscando los carros más resistentes que pudiera haber, Colquhoun y la Junta de Administración vieron qué sobrantes del ejército inglés de la pasada guerra peninsular en España era lo mejor que había. Compraron 150 carros surtidos, incluyendo 760 arneses para mulas.

Colquhoun designó a un joven recién graduado del Royal Military College en Woolwich, como su asistente, John Hitchcock Buchan, hijo de un capitán de la Marina Real, quien había estado esperando una vacante en el cuerpo de Ingenieros Reales..... y aceptó el puesto de segundo en la cuadrilla del transporte. Es afortunado que lo haya hecho, porque llevó un diario de sus experiencias en las cuales muchos eventos se plasmaron en términos gráficos.

Cómo la carga de cuatro barcos fue bajada en Punta Mocambo, puesta en carretones para ser transportada 320 kilómetros tierra adentro, a un distrito minero con una altitud de más de 2500 metros a nivel del mar, es mejor descrito en sus propias palabras:

"Encontrando que el castillo de San Juan de Ulúa, aún en posesión de España, dominaba la bahía de Veracruz, nuestros barcos de vieron obligados a bajar anclas en la pedregosa isla de sacrificios y tuvimos la difícil tarea de descargar nuestra maquinaria en la playa de Mocambo y después transportarla a través de bosques, junglas, hacia nuestra primera estación, Santa Fe, a 19.2 kms. de Veracruz. Mientras hacíamos esto, empezó la época de las enfermedades haciendo dolorosos estragos entre ingleses y mexicanos, la fiebre amarilla. Nos defendimos arduamente contra estas dificultades y para fines de agosto toda nuestra maquinaria estaba en tierra y la mayor parte en Santa Fe; cuando fui atacado por insolación y después por la fiebre amarilla, de la cual sólo por la misericordia especial de Dios sobreviví. Todo se abandonó y avanzamos a terreno más alto y sano, a Jalapa, a 1500 metro sobre el nivel del mar."

"Esta terrible campaña nos costo las vidas de la tercera parte de nuestros oficiales, la mitad de nuestros ingleses y, de los que se salvaron, casi todos estuvieron a las puertas de la muerte. No hubo el modo de saber el número de mexicanos que fallecieron, pero calculo que fueron no menos de cien o doscientos".

Las muchas ocupaciones de Buchan y su casi fatal ataque de fiebre amarilla, pudieron ser las causas por las que no mencionara los contratiempos que experimentaron los carreteros ingleses y mexicanos al domar las bestias de carga y las mulas brutas de los potreros para enjaezarlas. Afortunadamente otro escritor, Julius Foebel, presentó la lucha entre hombre y bestia y dejo un relato convincente:

"El lector se puede imaginar de 200 a 300 mulas brutas todas juntas en un corral (formado por el circulo de los carros) con 10 0 15 hombres entre ellas, cada uno tratando de lazarlas por la cabeza, una tras otra, para meterles el freno a fuerza por el hocico y conducir a cada una a su lugar al frente del carrofuerte al cuál debería ser enganchada. En una caravana de 20 a 30 carros, este primer trabajo ocupaba la mayor parte del día, sin alcanzar a partir. Las mulas conocen muy bien el lazo y tratan de todas maneras de escapar; se juntan mucho primero en una parte del corral y después en otra, con las cabezas hacía el centro y tan ocultas como pueden; otras meten las cabezas bajo los carros o entre las ruedas, para evitar que el lazo llegue a sus cuellos; mientras que otras que son más astutas, se paran muy quietas, como si realmente estuvieran poniendo su cuello esperando pacientemente la mangana, pero la expresión de su ojo observando cuidadosamente al hombre con el lazo, revela su sagacidad. El hombre ahora gira la reata, en serpenteantes espirales, una y otra vez alrededor de su cabeza, la mangana vuela siseando, con la precisión de una flecha, hacía su objetivo; mientras el animal se para como si estuviera plantado en el lugar, pero hace un pequeño movimiento lateral con su cabeza y el lazo falla.

Sin embargo, todas estas estratagemas son inútiles. Mientras la manada corre de un lado a otro del corral, una mula tras otra siente el lazo cerrarse en su cuello. Entonces se lanza en medio de sus compañeras, jalando al hombre que tiene la reata de un lugar a otro del corral. Entonces un segundo a tercero viene en su ayuda. La difícil respiración del animal medio ahorcado se oye entre el ruido y confusión del espectáculo. Por fin los hombres aciertan a meter una punta de la reata entre los rayos de la rueda y se jala poco a poco el animal cada vez más cerca de su lugar. En cuanto está pegado a la rueda, se pasa la reata por su cuerpo y además por los rayos, de tal manera que ahora todo el cuerpo se mete en la mangana. De allí los hombres se esfuerzan en meterle el bocado entre los dientes y precisamente cuando parece que ya lo han logrado, el animal hace su último esfuerzo desesperado, se tira al suelo, rodándose, libera sus patas del lazo, se para de un brinco y desaparece en lo más espeso de la manada con el lazo aún alrededor del cuello.

Ahora empieza nuevamente la persecución, hasta que el animal tiene un segundo dogal alrededor del cuello; medio estrangulado es tirado al suelo y dominado por la fuerza, hasta que el bocado está en su boca y la reata, con otra gasa, alrededor del hocico. Después de esto, se le conduce al corral y comienza el intento de acercarlo al carro y enjaezarlo. La bestia lucha, se mueve violentamente y considerando que de este modo ponen diez animales a cada carro y que la misma operación se desarrolla en distintos lugares del corral ante 20 o 30 carros, el lector puede formarse una idea de la confusión de todo el espectáculo. Cuando se intenta ponerlas, las bestias se enredan en los arreos tirándose al suelo, pisoteándose una a la otra a veces soltándose y corriendo con parte del arnés, los mexicanos las persiguen montados en los caballos más ligeros de la caravana. La mula galopa desbocada; con las cadenas de tiro sonando tras sus patas hasta que la mangana está suavemente alrededor de su cuello y entonces se le acerca y enjaeza nuevamente.

Cuando al fin están listos los carros, se abre el corral; se deja salir a los animales sobrantes, con el cencerro de la yegua mansa; la caravana está lista para partir. Ahora se ponen por primera vez a las mulas a jalar; sienten el freno y el látigo del carretonero montado sobre la mula ensillada".

"¡Vaya! ¡Más problemas! Aquí, un tronco no quiere moverse; allá otro trata de huir con el carro. Aquí una pareja de mulas se esfuerza por avanzar, mientras otra se rehúsa allá; las guías giran en redondo, jalan a las otras tras ellas y amenazan con romper el eje. Aquí se cae una mula. Allá se rompe una cadena. Entre el tronar del látigo, los gritos y maldiciones de los carretoneros, se pone por fin en marcha un tronco a paso regular, cuando de repente se sale del camino arrastrando el carro a un cenegal o encajonándolo ajustadamente entre los árboles. El arnés roto se tiene que arreglar, sacar el carro del cenegal y talar un árbol que estorba el paso; antes de terminar de hacer todo esto, otro carro está en un apuro semejante".

Sigue el inapreciable relato estilo "yo estuve allí" de Buchan :

"Alquilamos la hacienda de Lucas Martín, a cinco kilómetros de Xalapa y la convertimos en nuestro siguiente centro de operaciones para atender a los enfermos, para la recuperación de las mulas y para reparar los carrosfuertes y los arneses, antes de la siguiente etapa, al terminar la época de lluvias. Habiendo dispuesto todo esto, Colquhoun y yo salimos, el 1º. de octubre de 1825, para nuestra primera visita a la ciudad de México y a nuestro distrito minero de Real del Monte, regresando a Xalapa (Lucas Martín) a fines de noviembre con algunos cientos de mulas tiernas para ser dominadas en el servicio de los carros.

Abandonamos la cómoda estancia en Lucas Martín el 12 de febrero de 1826 y tomamos el camino de nuestra segunda etapa de transporte, después de haber rehabilitado completamente los carrosfuerte, arneses y de haber comprado muchas mulas de media rienda y contratado otra cuadrilla de carretones nuevos que habían empezado a adiestrarse en el manejo de los troncos de mulas".

Colquhoun había preparado nuestro segundo descanso de la Hacienda del Encero al pie del gran ascenso hacía Xalapa, a unos X369 metros sobre el nivel del mar, en la región donde empieza a aparecer la encina de hoja perenne y por lo tanto considerada fuera del alcance de la fiebre amarilla. Echamos a andar con la maquinaria pesada (cerca de 350 toneladas) con 50 carrosfuerte, 550 mulas y una cuadrilla de 120 individuos de la primera parada en Santa Fe hasta el Encero. Fueron necesarios cuatro viajes con toda la gente sobre malísimos caminos, pero hacia fines de marzo habíamos terminado con éxito esta pesada tarea para gran regocijo nuestro".

El relato de Buchan continuó la narración:

"Ahora se escogió la Hacienda Guatemape, cerca del pueblo de Perote, a 2256 metros sobre el nivel del mar, como nuestra siguiente parada. Para llegar allá tenían que cruzarse montañas muy altas, de 3049 metros de altura. Pero una vez allí, se había conquistado el gran ascenso hasta la meseta.

Sin embargo, estas dificultades eran nuevas y distintas de las de nuestros pasados esfuerzos. Y sobre todo, la idea de que ahora estábamos entrando al clima templado, nos daba a todos nuevo ímpetu para el trabajo.

A principios de abril (de 1826) iniciamos el ascenso desde el Encero con una caravana de 53 carros, con dos carretoneros cada uno y nueve a doce mulas; en total, incluyendo los de repuesto, había unas 550 mulas y 120 individuos y llevábamos 100 toneladas de maquinaria. Debe resaltar que estos carrosfuerte eran usados por el ejército inglés para transportar municiones, abastos y pontones flotantes para construir puentes y que habían sido suministrados por los almacenes del arsenal de Woolwich.

Entre la maquinaria se incluían dos poderosas máquinas de vapor para bombear, con sus grandes calderas y las columnas y las bombas de hierro fundido para llegar al fondo de las minas. Una maquina más pequeña iba a proveer la fuerza motriz del aserradero de los tornos y demás; también se incluía una horca movible con las garruchas adecuadas para descargar y cargar la pesada maquinaria de hierro de los carretones cuando éstos se volteaban o se atascaban o para subir nuestras cargas por las cuestas del camino que eran demasiado empinadas para el tiro de las mulas.

Después de mucho trabajo y accidentes, conquistamos esta gran altura y nuestro convoy llegó el 8 de abril de 1826 a Guatemape y después de tres días de descanso, procedimos a cubrir la última etapa para depositar nuestra valiosa carga en las minas de plata de Real del Monte.

En esta parte de nuestro viaje no anticipamos ninguna dificultad grave como que en nuestro viaje de regreso de las minas, en noviembre, Colquhoun y yo habíamos recorrido esta parte del territorio y sabíamos que era mayormente parejo, tierra ondulada hasta la última ascensión empinada de las montañas de Real del Monte y que durante la época de secas (con la excepción de algunas zonas de arena) sería buen terreno para transportar. Ahora anticipábamos una prolongación de buen clima para las próximas tres o cuatro semanas.

Pero "el hombre propone y Dios dispone", las lluvia empezaron, fuera de lo acostumbrado, muy temprano este año y entraron por medio de una tremenda tormenta durante nuestro segundo día de camino desde Guatemape.

Los torrentes de agua abrieron canales hondos que requerían de mucho trabajo para hacerlos pasables. Mientras que los llanos se convirtieron en grandes lagos donde nuestros pesados carretones frecuentemente se sumían hasta los ejes.

Nuestra posición se convirtió en muy crítica tanto para los hombres como para las bestias, mojados todo el día y mal protegidos y alimentados; por la noche nuestros animales se espantaron y no hacían ningún esfuerzo para sacar las cargas del atolladero.

Muchos de los carros se atascaron tan hondos en el lodo que era necesario descargarlos para sacarlos y sucedía esta hasta 2 o 3 veces al día con el mismo carro. Muchos se voltearon y otros eran arrastrados por la creciente a considerables distancias y, como puede imaginarse, se adelantaba muy lentamente.

Muchísimas mulas se lastimaron, otras se asfixiaron en el lodo o se ahogaron en las aguas profundas que cubrían los llanos y ocultaban los baches o zanjas en que caían nuestras pobres mulas. Numerosos carretoneros se enfermaron. Y de hacho la eficaz y ordenada caravana con que salimos de Guatemape estaba desbarajustándose bastante cuando por fin, el 26 de abril (de 1826) llegamos a uno de los ranchos de la compañía, llamado "El Guajolote" y, para gran deleite nuestro, nos encontramos en los bosques de pinos, disfrutando plenamente de las fogatas.

Este viaje minó mucho mi salud y mi fuerza, aún no bien recuperadas de la fiebre amarilla del otoño pasado, ya que durante el viaje trabajaba constantemente día y noche bajo la lluvia y con poco aliento y rara vez con una cama para dormir. Estuve dos días muy enfermo, con espasmos abdominales, pero gracias a Dios me rehabilité nuevamente y algunas noches de buen descanso me pusieron bien otra vez.

Después de algunos días de estadía en "El Guajolote" para dejar descansar las mulas y para reparar los caminos más pendientes que subían desde el rancho, hicimos nuestra entrada triunfal a Real del Monte el primero de mayo (de 1826).

Era un hermoso día y multitudes de mexicanos se reunieron desde lugares lejanos y cercanos para dar la bienvenida a la primera máquina de vapor que entraba en un distrito minero de México. Las campanas a vuelo, las bandas de música tocaban y toda la gente se agitaba festivamente.

Realmente era un día de regocijo y de triunfa para la cuadrilla de transporte que después de tantas dificultades por el clima, las montañas y las inundaciones, había logrado por fin transportarla desde el Golfo de México hasta Real del Monte.

Fuente: En pos de la plata, episodios mineros en la historia hidalguense. Autor: Alan Probert Traducción: Lucía Vera Graciano Pie de imprenta: México, Compañia Real del Monte y Pachuca; Samperio Gutierrez 1987.


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